ALICE RAHON






Estamos a un par de dias de inaugurar México Surrealista y hoy hablaremos un poco de la obra de Alice Rahon, una de las figuras más importantes del surrealismo en México.

El mundo de Alice Rahon es un mundo de sueños. En sueños se transporta a las míticas cuevas donde antiguos pobladores -a quien sólo imaginamos-, las iluminaron con primitivas pinceladas multicolores, queriendo dejar constancia de su propio mundo, de sus preocupaciones, de sus vivencias. Alice Rahon, las visitó y de allí nutrió su visión, su mirada del trazo, por su frescura, por su penetrante sabiduría.

Si capturamos la belleza plástica de las antiguas culturas: europeas, americanas y mesoamericanas de manera particular, entenderemos el mundo onírico de Alice Rahon, su simbología, la belleza de sus imágenes, la luminosidad de cada una de sus obras.

Cuando contemplamos la obra plástica de Alice Rahon no nos cabe duda acerca del impacto que en ella causaron sus visitas y estancias en países de profunda magia: LA India y México. Las cuevas de Altamira, su contacto con el budismo, su cercanía con el paisaje monumental de nuestro país, con el colorido de las fiestas nacionales, con el arte popular; su aproximación a culturas nigrománticas como la huichola, más su conocimiento de pintores como Paul Klee, Rufino Tamayo, Frida Kahlo, Diego Rivera, Pablo Picasso, Tanguy, la conducen a propuestas francamente inquietantes. Alice Rahon echa mano de diversos elementos para integrar su obra, lo mismo trabaja a óleo sobre madera que sobre madera, combina la pintura de aceite con arena; se arma de pincel para consumar composiciones como la serie Cristales del espacio, e igual dibuja tinta para ofrecernos asuntos que nos recuerdan a Joan Miró.

Alice no se detiene, para ella que todo lo observa y todo lo absorbe, no deja de hacer en su intelecto ni en su emoción el carácter primitivo de la hulla del arte de las cavernas; por lo tanto, aparecen figuras que remiten a los textiles y tallas de los indios norteamericanos; las siluetas de pirámides, perfiles volcánicos, soles y lunas, indígenas de México; los fuegos de artificio que brotan de las manos, mágica de los artistas populares- que hacen uso de la pólvora un ingenio-, también encuentra lugar en las telas y en los espacios pictóricos de Alice Rahon, a los que llena de color y magia.

Estudió arte con su padre y con Wolfgang Paalen quien se convertiría en su esposo y con quien viajó a México, donde realizó gran parte de su obra y donde participó en la Exposición Internacional del Surrealismo, celebrada en 1940. Expuso en diversas galerías de México, estados Unidos Y Europa. Además de su importante labor pictórica, destacan tres poemarios publicados entre 1936 y 1931.

Pese a que Alice Rahon llegó a México en 1939 por invitación de Frida Kahlo y Diego Rivera, para formar parte del grupo de artistas exiliados en México, entre los que se encontraban Remedios Varo y Leonora Carrington, la producción plástica de Alice Rahon se alejó de las propuestas de sus contemporáneos pues destacó en el uso de diversas técnicas como, dibujo, collage, pintura y arte-objeto además de innovar al mezclar arenas, como lo hacía Rufino Tamayo, con quien estableció una gran amistad.

Alice Rahon, cuyo verdadero nombre era Alice Marie Yvonne Philppot, no solo demostró su versatilidad al mudarse de su natal Francia hacia nuestro país, sino que, además, demostró su profunda calidad artística al mudar (ó evolucionar) su cálida y febril expresión poética hacia un terreno más natural: la de los pinceles, avivada por la pasión por el surrealismo, reprodujo mediante la pintura el color, el paisaje y las culturas indígenas, particularmente la magia vinculada a la religión, generando un exquisito trabajo plástico.

Aunque se inició como poeta dentro del grupo surrealista parisino, fue en México donde se dedicó principalmente a la pintura e incursionó además en actividades vinculadas al teatro y al cine: escribió el guión y diseñó los personajes para: ‘El Ballet Orión’ en 1946, donde la artista imagina un espectáculo a partir de cinco figuras, realizadas sobre cartón negro; cinco personajes que representan las constelaciones y que pretende convertir en marionetas, proyecto que nunca llega a realizarse, pero quedan los bocetos de los títeres, y el guión. y realizó, además, con Edward Fitzgerald, una película titulada “Les Magiciens.
Así como la primer mañana de invierno, la de Alice Rahon es una pintura que pese a nacer madura se mantiene fresca, sus cuadros aunque se hallan inmersos en la abstracción representan algo concreto, un profundo amor con los fenómenos naturales que desembocan en un particular dominio cromático.

Destaca un conjunto de dibujos pintados con pincel sobre cartón negro que titula genéricamente ‘Cristales del espacio’. Éstos, semejantes a estructuras alámbricas, evocan títeres, telas de araña, conjuntos híbridos entre vegetales y animales cósmicos que parecen aglutinarse y erigirse ante la alegre cadencia de vertiginosas piezas musicales, en los que se halla ausente la melancolía que distingue algunos de sus versos: “Una mujer que era bella, un día, arrancó su rostro, su cabeza quedó lisa ciega y sorda”, fragmento contenido en su poema: de ‘À même la terre’, de 1936, da muestra de este latente claroscuro.

La naturaleza y los animales son los principales protagonistas de las escenas que representa, aunque también suelen encontrarse vistas de ciudades imaginarias, de ensueño, fiestas, y en ocasiones, retratos metafóricos de sus amigos, como en ‘Hombre atravesado por un río’, homenaje a André Bretón, ‘El hombre pájaro’, homenaje a Max Ernst, o ‘La balada de Frida Kahlo’

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