EL RECOLECTOR DE SOLES


Feliciano Béjar fue un escultor y pintor autodidacta mexicano que nació en Jiquilpan, Michoacán en 1920, y murió en la Ciudad de México en 2007. Béjar se desarrolló en varias disciplinas como el dibujo, grabado, pintura y escultura hasta que encontró  su verdadero oficio en la escultura, principalmente en el reciclado de materiales de desecho. Innovó en el uso de varios materiales plásticos y artesanales, y a él se le atribuye la creación de los magiscopios, denominados así por el crítico Jorge Hernández Campos que son instrumentos de acero reciclado con lentes encapsulados, capaces de albergar mundos y visiones fantásticos. Béjar pasó una niñez en su Jiquilpan natal como acólito y ayudando a su familia empleándose en una mercería.

A los ocho años sufrió de poliomielitis, por lo que se vio obligado a usar muletas por casi cinco años; en este tiempo aprendió diversas técnicas artesanales, motivado por su madre y es durante esta etapa conoce el valor de reciclar como un acto creativo y restaurador, práctica que lo marcó durante su vida artística.

Cuando tenía 15 años, comenzó a experimentar con los materiales que hallaba a su paso y fue en esta época que conoció a José Clemente Orozco, quien trabajaba en una biblioteca de Jiquilpan, y de quien aprendió que el arte debía estar al servicio de la sociedad. Durante la Guerra Cristera (1926-1929) en varias regiones de México, descubrió las dos caras opuestas del ser humano: la habilidad para crear vida a través del arte, y su infinita capacidad de destrucción, que arrastra todo lo que le rodea.

Béjar fue un trotamundos que se desempeñó en todo tipo de actividades para sobrevivir, desde vendedor de telas, afanador, lavaplatos y elevadorista hasta que, en Nueva York y tras largas estancias en el Museo Metropolitano de Arte el pintor inglés Ar-thur Ewart lo estimuló para que se dedicara a la pintura. En 1947 regresó a México y al año siguiente realizó su primera exposición individual con 18 cuadros en la Ward Eggleston Gallery, de Nueva York.  En 1949 fue becado por la UNESCO en París donde regresó en 1956 para emplearse de extra de cine, locutor, además realizar sus actividades artísticas. En ese periodo, un nuevo elemento asomó con insistencia en su obra: las luces a manera de pequeños soles, por ello su biógrafo, Martin Foley, lo bautizó como El recolector de soles.

A su regreso a México, nuevamente se involucró en la construcción de extraños instrumentos con el objeto de convertir el desperdicio moderno en esculturas, y alcanzar con ello democratizar la belleza a través del arte, es en esta etapa que sus esculturas, cuadros y casas comenzaron a poblarse de luz. Las técnicas de Béjar evolucionaron al paso de las décadas desde retratos de paisajes y festividades de su natal Jiquilpan, hasta la búsqueda de formas, planos y perspectivas en la elaboración de una insólita estatuaria de vidrio (magiscopios)

Dentro del uso del óleo, Béjar recurría siempre a la implementación de círculos y esferas de luz, así como a parámetros similares de iluminación; esta disciplina, en la que permaneció en el transcurso de su carrera creativa, se dilucidó la influencia de distintos paisajes que transcurrían en la vida del artista gracias a sus constantes viajes.

Béjar participó en más de 125 exposiciones individuales o colectivas, en México, Estados Unidos de América, Australia y varios países de Europa. Su obra se encuentra en colecciones de más de 75 museos de México, Brasil, Estados Unidos, Canadá, Colombia, Francia, Israel y la Gran Bretaña, entre otros países. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) produjo en 1964 la película “El mundo de Feliciano Béjar”, que se estrenó en Nueva York y en 1966 fue exhibida su obra en el Palacio de Bellas Artes en la Cd. de México.

En 1981 se destruyeron algunos de sus obras que resguardaba en su casa por motivo de inundaciones. En 1993 su estado fue catalogado de demencial y fue internado en una institución de salud mental. Béjar murió a la edad de 86 años en un hospital en la ciudad de México,  dejando alrededor de un centenar de piezas sin terminar, debido a su sistema de trabajo, ya que consideraba una pérdida de tiempo hacer anotaciones o bocetos, entonces, en cuanto tenía una idea comenzaba la escultura aunque tardaba 20 años en terminarla.